En la Inglaterra victoriana, coleccionar mariposas era una actividad respetable. Casi un deber social. Los caballeros salían al campo con redes y cajas de alfileres, igual que otros salían a cazar faisanes o a pescar truchas. La diferencia es que algunos de esos caballeros no se conformaron con los campos de su condado.
Lo que empezó como entretenimiento de aristócratas con tiempo libre se convirtió, a lo largo del siglo XIX, en una industria. Había coleccionistas que empleaban a decenas de cazadores profesionales, enviándolos a los rincones más remotos del mundo con instrucciones precisas: traer cuantos más ejemplares, mejor. El problema es que algunas especies no tenían «cuantos más, mejor» que dar.
