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En la Inglaterra victoriana, coleccionar mariposas era una actividad respetable. Casi un deber social. Los caballeros salían al campo con redes y cajas de alfileres, igual que otros salían a cazar faisanes o a pescar truchas. La diferencia es que algunos de esos caballeros no se conformaron con los campos de su condado.
Lo que empezó como entretenimiento de aristócratas con tiempo libre se convirtió, a lo largo del siglo XIX, en una industria. Había coleccionistas que empleaban a decenas de cazadores profesionales, enviándolos a los rincones más remotos del mundo con instrucciones precisas: traer cuantos más ejemplares, mejor. El problema es que algunas especies no tenían «cuantos más, mejor» que dar.
El hombre que empleó a 400 cazadores
Walter Rothschild era el heredero de una de las fortunas bancarias más grandes de Europa. De niño pasaba horas observando insectos en el jardín de la familia. De adulto, convirtió esa obsesión en algo de escala industrial.
Desde su museo privado en Tring, Hertfordshire, Rothschild llegó a tener empleados a casi 400 colectores repartidos por todo el mundo, desde las montañas de Queensland hasta las islas del Pacífico. Sus instrucciones a uno de ellos —un aventurero de nombre Albert Meek— eran explícitas: capturar tres pares de cada especie de insecto, ave o animal que encontrara. Meek trabajó para él durante quince años explorando el Pacífico.
El resultado fue una colección de más de un millón de mariposas y polillas, junto a 300.000 pieles de aves, animales disecados y tortugas gigantes vivas de las Galápagos. Fue también responsable de identificar y nombrar 153 nuevas especies de insectos. Esa es la parte complicada de la historia: parte de lo que hizo fue ciencia. Parte, no tanto.
La mariposa que ya no existe en Gran Bretaña
La Lycaena dispar dispar, conocida como la Gran Cobre británica, tenía las alas de un naranja cobrizo intenso con el reverso azul plateado. Fue descrita por primera vez en 1749, en los humedales de Lincolnshire. En 1851, ya no existía en las islas británicas.
Lo que pasó con ella es un buen ejemplo de cómo funciona realmente el colapso de una especie: raramente hay una sola causa. El drenaje de los humedales del este de Inglaterra para ganar terreno agrícola destruyó el hábitat que necesitaba para reproducirse. Cuando las poblaciones quedaron reducidas a unas pocas colonias pequeñas y aisladas, los colectores victorianos llegaron a por los últimos ejemplares. Una especie ya debilitada no sobrevive a eso.
Lo que hace especialmente oscuro este caso es que se repitió casi de inmediato. En 1915 se descubrió en Friesland, Países Bajos, una subespecie cercana: la batavus. La noticia se publicó. Los colectores llegaron. En pocos años, esa población también estaba al borde de la extinción.
El debate que todavía no está cerrado
Los entomólogos llevan décadas discutiendo si los colectores del siglo XIX fueron los villanos de la historia o simplemente el último empujón a lo que ya estaba cayendo. La respuesta honesta es que depende del caso, y que en algunos casos la distinción importa menos de lo que parece.
Una mariposa hembra puede poner cientos de huevos. En condiciones normales, cazar algunos especímenes de una población grande no basta para dañarla. Pero cuando el hábitat ya ha sido fragmentado, cuando la población ha caído a unas decenas de individuos dispersos, cada red que cae marca una diferencia.
Hay también algo que los registros históricos muestran con bastante claridad: los colectores sabían lo que hacían. Los últimos avistamientos de la Gran Cobre en Whittlesea Mere, en Cambridgeshire, coinciden exactamente con las últimas capturas documentadas. No fue ignorancia. Era el mercado funcionando: cuanto más rara era una especie, más valía un ejemplar en una caja de cristal.
Lo que quedó en los museos
Aquí la historia da un giro incómodo. Las mismas colecciones que contribuyeron a reducir poblaciones son hoy la única fuente de información sobre muchas de esas especies. Los especímenes de Rothschild están ahora en el Museo de Historia Natural de Londres. Los científicos los usan para estudiar distribución histórica, cambios morfológicos, contaminación ambiental registrada en los tejidos. Son datos irremplazables.
Los ejemplares de la Gran Cobre británica que sobreviven en colecciones de museo son los únicos lugares donde todavía se puede «ver» esa subespecie. Y algunos de esos ejemplares fueron recogidos en los años finales de su existencia, cuando ya quedaban muy pocos.
Esa contradicción no se resuelve fácilmente. La misma obsesión que aceleró ciertas extinciones también documentó el mundo natural con una precisión que no habría existido de otra forma. Lo que sí está claro es que el modelo no tenía límites incorporados: no había protección legal, no había cuotas, no había nada que frenara a alguien con red, tiempo y dinero para pagar por lo que cazara.
Un reflejo que no ha desaparecido del todo
El coleccionismo ilegal de lepidópteros sigue existiendo. En 2001, un colector americano llamado Thomas Kral fue condenado en Estados Unidos por caza furtiva de mariposas en parques nacionales. No es un caso aislado. El mercado negro de especies protegidas, incluyendo mariposas, mueve millones al año a escala global.
La diferencia con el siglo XIX es que ahora hay leyes. El Convenio CITES regula el comercio internacional de especies amenazadas desde 1975. Muchas mariposas están en sus listas. En el siglo XIX no había nada parecido, y los colectores operaban en un vacío legal completo.
Lo que no ha cambiado es el mecanismo: una especie en declive, con hábitat reducido, es más vulnerable a cualquier presión adicional. Sea una red victoriana, un bulldozer del siglo XX o el cambio climático del siglo XXI. La fragilidad funciona igual.

