Existe un mercado completamente legal —en muchos países, al menos en el papel— que consiste en criar mariposas vivas para soltarlas en bodas, bautizos y eventos corporativos. La idea es bonita: los invitados abren una cajita blanca y salen volando Danaus plexippus o Vanessa cardui mientras suena música de fondo. Lo que casi nadie se pregunta en ese momento es de dónde vienen esas mariposas, cómo llegaron hasta ahí, y qué pasa cuando el evento termina y ellas no tienen ningún lugar adonde ir.
La industria de suelta de mariposas vivas creció de forma notable en Estados Unidos durante los años noventa y siguió expandiéndose. Hoy hay granjas en Costa Rica, Filipinas, Papúa Nueva Guinea y otros países tropicales que exportan pupas o adultos vivos a mercados en Europa y Norteamérica. El comercio existe, opera, y tiene clientes. El problema es que opera en una zona gris donde las regulaciones son inconsistentes, la supervisión es mínima y las consecuencias biológicas son difíciles de medir hasta que ya es tarde.
